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Por Region

Literatura - La Lengua

La Lengua

La lengua tenía
más de una razón, lo suficientemente húmedas,
como para desdecirse a sí misma.

Cita tomada del último
discurso del ombligo. 

--¡La lengua es un animal: un molusco lascivo!

Las malas lenguas vituperaban y criticaban constantemente a la lengua, a veces por su organicidad  o por el deleite con que se entregaba a los sabores. Y cuando no eran ellas, ahí estaba: ¡La Lengua madre castrante! Limitante, represiva recordándole siempre lo que significan exactamente las palabras,  para que no“se le fuera la lengua”.

--¡La Lengua, no contenta con su control del lenguaje, pretende imponer  valores, ideas y hasta imágenes! ¡Qué descaro!

No podía más, aún con la fortaleza que su musculatura orgánica le permitía articular, se hallaba profundamente cansado, seco, tembloroso en su oscura cavidad.  Esta existencia viperina le tenía el alma totalmente destruida,  le dejaba un mal sabor.

--¡La lengua es asquerosa, sucia, obscena!
--¡La Lengua es descarada en su discurso!

¿Cómo él, siendo un órgano tan firme y ágil, tan suave y húmedo, tan cálido y dócil, podía volverse, en cuestión de artículos, un discurso armado hasta los dientes?
¿Cómo aprendió a formar disfraces con los que era capaz de someter a los adjetivos?
¿Cuándo se volvió, paradójicamente, un límite para su expresión?
¿Cuándo, cómo sucedió todo esto?

Si en sus recuerdos más  remotos estaba simplemente el chupetear  los pezones que lo amamantaron, el suave movimiento de arriba abajo, la presión exacta que debía ejercer para gozar de aquel pábulo blancuzco, aquel líquido vital  que incansablemente buscaba cada vez que sentía un contacto con alguna piel de botón endurecible.  Y de pronto, un día amaneció con las papilas llenas de palabras y conceptos, de sís y nos, de debes y puedes, de formularios establecidos, dogmáticos

No, no seguiría así, ni una coma más. Había tomado la decisión, sólo necesitaba la letra exacta para ahorcarse.

Revisó todo el alfabeto: la b era muy rígida, la a muy corta, intentó con mayúsculas, con minúsculas, con cursivas, las acomodó de todas las maneras posibles hasta que encontró en la g la forma exacta ¡ésta era la indicada!  Así podría gritar, gemir, gruñir, sólo sería cuestión de voltearla, fijarla bien de lo alto y colgarse.

Así lo hizo extendió la letra lo más que pudo la amarró fuertemente al guión más alto que encontró, se subió a una h  y pateándola  saltó.

Primero todo fue inflamación, explosión de adjetivos, sustantivos y adverbios; parecía que todas las hablas humanas se hubieran vuelto sangre en sus venas.  Después, el desorden por la falta de oxígeno, seguido de la aterradora salivación viscosa y al final, sólo ese amargo sabor que lo dejó marcado para toda la muerte.

Se hizo un vasto silencio.

 Intentó percibir algún sabor o emitir algún sonido, pero fue imposible, estaba fuera de sí y de no; nada era claro, no se reconocía a sí mismo ni podía incorporarse, y tenía tanta sed, que volvió a perder el sentido del gusto y desfalleciendo, se dejó caer en el amplio vientre blanco, liso y cálidamente orgánico de la hoja de papel.

Poco a poco fue abriendo sus calículos y alcanzó a notar una presencia ajena, allí estaba ella: La POESIA tan plácida, tan larga en sus versos, amplia o delgada en sus rimas, alta o pequeña en sus ritmos, violenta o dulce en sus métricas. La lengua no cesaba de observarla en total asombro: cada una de las letras que formaban su indescriptible cuerpo, se rehacían ante el más mínimo e imperceptible movimiento de su  ser, cambiaban de forma  y de significado con una gracia impresionante, podían brillar, enmudecer, pesar, elevarse, perforar, destruir, reunir, lastimar, acariciar; todo en ella era posible, perfecto, delicioso, P O E S Í A.

Ni siquiera intentó evitarlo. Sin prisa pero sin pausa (como dijera el gran maestro) fue recorriendo con su completa sensibilidad mojada, hasta la última esquina de esa criatura que aparecía temblorosamente pura ante su ser.

Probó desde su primera letra, la p, a los pies, pequeños y pausados pies; paladeó los párpados pacientemente y los poros de sus piernas; su pálida piel pliegue por pliegue; el placentero picor de sus pezones lo hizo presa de pulsiones perforantes, penetrantes; paso a paso poseyó aquel pubis, palestra del siempre próximo debate de la lengua, y tembló, tembló en el paroxismo proveedor de mil placeres, y ora fue pez, ora pan, ora papel

Ofrecióse en orondos y oblicuos ósculos por la ovada orografía de la O.  Olisqueó obsceno sus opiáceas oquedades, ornando en obsesiva oscilación al ocre ombligo. Oteó ondulantemente cada ojo, cada oreja, con lo que otorgó en onírica orgía un opúsculo de orígenes oblongos. Orientándose del omóplato hacia abajo, se observó en obtusa obcecación orgásmica, dentro del orificio oferente del óbito de su olvidado onanismo, en plena obsecuencia de su oralidad.

Escarbó en su epidermis como un escarabajo, extrajo la exigua escisión aún existente entre ellos, escuchó enervado la elocuencia de la entrepierna y erectó sus papilas encajando la efusión de sus entrañas en la exquisita espalda encorvada por su eléctrico escozor  para la exacta expresión del enardecido estruendo del éxtasis.

Silenciosa la saliva, satisfechos los sabores, serenos los sudores, soterrados los sentidos, surgió el sincrónico susurro que subyace al súbito sucumbir de los sonidos, simiente del sosiego.

Invitado por la I, intimó intensamente con su iris indiscreto, incidiendo incauto en su propia imagen; indagó en los interludios insólitos de la inteligencia y en su ilimitada e indómita inventiva; introdujo su incansable impulso en la impudicia de un completo instante ilimitado; inexorablemente fue iniciador e iniciado en infinitas implosiones de su insaciable imaginación.

Anidó en el aromático aliento de la A.  Arrobado por la asequible armonía de sus aciertos, acarició sus ansias aleatorias y alcanzó aquiescente sus amores.  Anduvo al lado de sí mismo, abrazó la amplitud de sus antes abrumados atributos, asumió sus anhelos, aumentó sus audacias, amplió sus atisbos  logrando así atender a sus azares, alcanzó al fin, auténticamente, abordar el ahora y asirse del aquí alargar el alba, agregarse al canto, agrandar la voz, añadirse al absoluto acto del placer del arte.

Cancún, Q. Roo
Daniela Palacios

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