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Por Region

Literatura

Diario Del Sediento
(Cuentos)

Luis Alberto Arellano

Fabula Del Minotauro Y La Doncella

en el amor como en el circo
hay la emoción de ser comido —cuanto menos—
por los ojos de las fieras
Juan José Macias

B. tenía meses que dormía con su profesor de literatura, diez años mayor que ella. Pero las cosas no iban tan mal, ella llegaba cuando quería, no antes. Se fumaba un cigarrillo de marihuana, lo escuchaba perorar sobre cualquier asunto febril de esos que lo consumían y cuando harta de la música que no reconocía lo empujaba al sofá para empezar el amor, ella sentía que su mundo tenía sentido. No lo amaba, pero le sonaba gracioso que él sí. Tenía además buenas razones para procurar que la relación continuara. Él era la única isla ajena a la tormenta de mierda en que se había convertido su vida. Desde los quince trabajaba para pagar sus estudios, más por orgullo que por la posición económica de sus padres. Deambuló por varios McJobs, ninguno mejor que el anterior. Empleada de mostrador o vendiendo tarjetas telefónicas, su futuro ahí no era ni siquiera malo. Era nada. Pero pagaban las cuentas y dejaban dinero para la fiesta. Así, en singular y descontextualizada: la fiesta. Ese suceder eterno de tragos, besos no comprometedores, algún ácido, algo de cama y música cantable. Ahí conoció a E., en un bar donde él era mesero. Se gustaron y al calor de la fiesta (eterna e inmutable, más una fuerza de la naturaleza que un acto humano), se acostó con él. Ella tenía menos de veinte y él más de 30. Pero era divertido y ella estaba muy drogada. Se siguieron viendo algunos meses, hasta que ella decidió trabajar en el mismo bar que él. Ella era obstinada, precisa y calculadora. Se ganó al gerente, quien le presentó al dueño y le dieron trabajo como bartender, y pasó a ser compañera de trabajo de Ernesto. Y ahí todo se fue a la mierda: los mutuos celos, la competencia estúpida y la rutina convirtió algo pasajero y divertido en una relación donde ella se enamoró perdidamente y él se convirtió en su verdugo. De ahí que huir, cambiar de ciudad y comenzar todo en otro cielo no sonaba tan mala idea. En la facultad de sociología su maestro de literatura contemporánea fue R., un aspirante a poeta que sabía mucho de libros, pero poco de mujeres. Lo sedujo como parte de una competencia entre varias chicas. Cuando él tuvo un lapsus con su nombre en plena clase supo que había ganado. A la semana, hizo que derramara su café sobre su camisa mientras hablaba de Vallejo, el César. Y como el juego le gustó, se volvió cazadora de una presa sumamente sencilla que se entregaba lleno de temor a una mujer que en cualquier otro escenario no hubiera sido competencia.

Pero R. era ciego y sordo cuando se atravesaba una niña. De carácter recio y algo paranoico, su poso de dulzura estaba reservado a todo aquello que simulara menos edad de la real. Las niñas, ninfas, núbiles nínfulas. En nada más podía pensar en sus ratos, pocos, de ocio. En faldas tableadas, colitas de cabello breve y oloroso, en ojos de una putería inocente. Así que con B. estaba condenado.  Nada sabía de su pasado ni le interesaba. Aun cuando él se abrió de manera inmediata a esos ojos dulces y almendrados que le pedían placer a montones. Le contó de su ex mujer, de su único hijo, de sus planes para cambiar la poesía latinoamericana (en cuatro poemarios, uno dedicado a cada elemento natural de la clasificación de Demócrito), de su angustia por la inevitable caída de la humanidad como especie dominante en el planeta, de su gusto por la música negra de los sesenta, de su color favorito en las bragas.  Ser presa fácil no estaba en sus manos, sino en su entrepierna. Como autómata daba la clase que sabía de memoria, tres veces por semana. Lo único que le intrigaba era que traería puesto B.  y cómo haría para quitárselo. Ella nunca lo decepcionó y su único placer estribaba en hacerlo parecer más frágil de lo que era realmente. Él era un tipo rudo, fuerte e importante. Ella una frágil doncella perdida en un laberinto, lista a ser comida por el minotauro. Entonces ella abría las piernas de más en la clase y el minotauro se despeñaba loco de emoción. Él encontraba eso francamente insultante. Pero nada podía hacer para evitarlo. Se consolaba pensando que con este autosacrificio conjuraba lo poco ético de una relación asimétrica. Le perturbaba lo que pensarían sus colegas si se enteraban. Pero nunca le planteó sus dudas a B. Y el conflicto crecía porque él se enamoró y quería presentarla como la mujer que lo acompañaba en su vida. Ella reía y reía.

Pero E. no era un demonio. Tan sólo había perdido el control unas cuantas veces. Además estaba el asunto de su preferencia irreductible por la cocaína. Consumía cantidades industriales. Un papel por la mañana, uno por la tarde y tres o cuatro durante las jornadas de trabajo que terminaban cerca del alba. Y es cierto que no le alcanzaba el dinero para pagar todo lo que se metía, pero los clientes borrachos siempre querían conseguir un papel y pagaban con otro. Una noche se accidentó en el auto de una clienta que quería comprar drogas y acostarse con un mesero. El auto a mitad de la avenida se encontraba con las llantas mirando al cielo. E. tenía un brazo roto y sangraba abundantemente por la nariz. Al tocarla sintió que estaba rota, y rompió a carcajadas. Él había roto la nariz de B. una noche de discusión en que ella insistía en acompañar a un cliente por drogas. Entonces, como ella no cedía, le rompió la nariz de un golpe. Ella le juró venganza, y el alcance de la maldición no se escapaba a E. Los paramédicos lo encontraron riendo y pensaron que estaba ebrio o drogado. Así lo trasladaron al hospital, donde una enfermera procedió a hacerle un incómodo lavado de estómago. De haber estado drogado tal vez la sensación no hubiera sido tan dañina. Pero sobrio fue insoportable. Con ese asco y dolor en las entrañas E. recordó a B. y tuvo nostalgia de ella. Saudade como decía la clienta brasileña con la que se estrelló y que estaba en Terapia intensiva. Los doctores trataban de reacomodar su masa encefálica en el hueco maltrecho de su cráneo.

Pero B. reía y reía. También lloraba. Algo ebria en el furor de la fiesta cualquier gesto le despertaba el recuerdo de E. Lo buscaba con ansia en los abrazos de sus amigos, en el rumor de los vasos chocando contra el hielo y el alcohol, en el aroma a madrugada que tenía su ropa y que sólo reconocía después del baño matutino. Todas las mañanas la despertaba la ansiedad que se forma entre los labios secos. Un miedo incierto, un sabor metálico en la quijada. Y el ardor terrible de su nariz. Demasiado orgullosa para reconocerlo, el cartílago no había sanado a pesar de mediar tres años entre el golpe y los ardores. Y como eso era lo primero que sentía en el despertar que sigue a la fiesta, lloraba. De golpe se formaban las cosas no dichas en sus labios, peleando por tomar lugar en la voz. De golpe y sin transiciones se despertaban todos los furores de la carne, lo mismo la rabia que la dulzura que el dolor. Y sin pudor se arrojaban al espejo donde repasaba su rostro. Y lloraba con fuerza, más por impotencia, por no poder ordenar el mundo interior que se le volcaba, que por alguna emoción en particular. Y pensaba que eso era amar, y pensaba en E. y luego en R. Siempre en ese orden. Como no podía poner sentido en la tormenta de mierda que era su vida decidió moverse de lugar. Y empezó a seducir a otros hombres.

Entonces conoció a J., un alumno de lenguas, tres años menor que ella. Y sin darse cuenta, se enamoró de él.

R. encajó mal el golpe. La llamó y llamó hasta que escuchó por el celular como fornicaban ella y J. Entonces bebió con mayor frecuencia y volvió a la calle a buscar rostros familiares. R. vivía en una zona cercana a la abandonada estación ferroviaria, devastada desde hacía años. Sin embargo, el tren de carga era el transporte preferido por los centroamericanos que buscaban llegar al norte para cruzar a los Estados Unidos. Una noche, al volver a casa, con una gran cantidad de alcohol y sustancias en la cabeza, un hondureño lo abordó. Le dijo: Hey pana, un favor le pido, algo de moneda para seguir el viaje, vamos para los yunaited y no he comido, mire no soy malo, soy pobre  y queremos trabajar, pana. R. negó con la cabeza, pero el hondureño le giró el hombro con la mano, en señal de petición. R. se lanzó sobre él, tirando golpe tras golpe. El tipo se cubría el rostro y encogido gritaba por auxilio. En la sorda noche nadie respondía. R. siguió golpeando hasta que el tipo se calló. Entre un charco de sangre, le giró el hombro para mirar su rostro lloroso. R. corriendo entró a casa. Pasó la noche en vela esperando que timbrara la policía. Al otro día salió con la esperanza de encontrar al hondureño y llevarlo al médico o darle dinero o algo que aliviara su culpa. No lo halló, pero sí el rastro de sangre. Debilitado hasta las lágrimas regresó a casa. Se mudó de ciudad a las dos semanas, abandonando todo.

E. había llegado a la ciudad a buscar a B. Nada supo del nuevo amor. Lo que sabía era que ella y R. tenían algo. Después de un par de noches preguntando y rastreando alguien le dijo dónde vivía R. Frente a su casa pasó horas tocando el timbre y nadie respondió a su llamado. Esperó en el jardín de enfrente. Esperando que volvieran ambos y poder verla y hablarle. Después de medianoche vio llegar a R. tambaleándose. Lo reconoció por la descripción que le hicieron de él y porque se dirigía a la puerta que sospechaba. Antes de llegar miró como un chico se acercaba a él, le hablaba y empujaba, y como R. se lanzaba furioso y lo tundía sin piedad y sin motivo aparente. No intervino. Miró a R. refugiarse en casa y corrió a ayudar al tipo. Lo llevó a urgencias, pagó el servicio y le dio algo de dinero. Al amanecer comprendió que nada debía buscar ahí y volvió a casa.

Años después R. llegaba al aeropuerto de la capital de vuelta de un viaje por el cono sur. Había leído sus poemas en Medellín, en Santiago y en Buenos Aires. Visitó poetas famosos, dejó manuscritos en editoriales que leía desde niño y se reunió con su generación en los distintos escenarios. Antes de abordar un taxi para su casa una voz femenina dijo su nombre. B. con un niño en brazos corrió a saludarle. Detrás J. los miraba incómodo. Ella le contó que iban al norte a visitar al padre de J. quien mandaba dinero para conocer a su nieto. Al mirarla R. no pudo evitar el estupor. Ella lo leyó en su rostro y se refugió en sus brazos. Lloraba como una niña y le pedía que no se fuera, el niño comenzó a llorar confundido. Que no la dejara como estaba, que estaba desesperada. R. nunca la odió tanto como en esos momentos.

La sed

Durante dos años, cada lunes, alrededor de las dos de la tarde, me encontraba delante de la puerta de acceso a la prisión. Cada lunes, sin falta, durante dos años, debí explicar a un guardia distinto, qué asunto me llevaba a la cárcel. Debí explicar cada lunes, de distinto modo, a distintos hombres vestidos del mismo negro de pies a cabeza, a qué me acercaba a ese portón deslucido y sombrío, entre el frío durante el invierno, a pleno sol durante el resto del año. Y llamaba siempre del mismo modo y pedía entrar a la misma hora, con la intención risoria de conversar durante dos horas con un grupo de internos que llevaban un taller literario. Cada semana era más fatigoso explicar qué era un taller literario a guardias acostumbrados al transporte de sustancias por la puerta de entrada, acostumbrados al trato con familiares de delincuentes (a los cuáles trataban también como culpables). Nunca reflexioné tanto como esos lunes, 104 lunes, sobre qué es la literatura, y cómo funciona un taller literario. Reflexionaba antes de llegar a la mole de concreto desnudo, con paredes altísimas  y coronadas por torres en los vértices. Pensaba qué es un cuento, cómo se escribe, y lo pensaba frente a la reja donde pedían de mí una identificación con fotografía. Me preguntaba cómo se escribe un poema, todos los lunes mientras pasaba a una separata de madera, en un pasillo con cubículos privados, mientras un guardia, el más amable de la larga cadena que debía pasar antes de llegar al patio, me revisaba el cuerpo, los bolsillos, a veces los libros que me ayudaban en la charla. Y este guardia que me miraba pensar, y no enterarme mucho de lo que pudiera suceder si abría por la mitad uno de mis cigarros, siempre cajetilla cerrada; y a veces me pedía algo para leer en las largas horas que debía revisar gente, de pies a cabeza. Y yo le acercaba novelitas en ediciones baratas, algún Conrad, alguna de Marías para que la revisión no demorara mucho. Y una vez dentro, me encaminaba a la biblioteca, pensando qué diablos es la literatura y cómo la reconocemos en el mundo de los vivos. Y no pensaba que estaba entre gente juzgada por robo, homicidio, violación o cualquier felonía que a gusto de jueces y amas de casa son dignas de ser castigadas con la inmovilidad entre cuatro, enormes, cívicas paredes, sino cómo es que un poema es un poema y no otra cosa. Al llegar a la biblioteca, no mal surtida por cierto, conversaba con cinco hombres, nunca más, que escribían cuentos, algún poema, menos teatro y nada de ensayo. Y escuchaba, sobre todo, después de reflexionar tanto y con tanta regularidad, escuchaba qué buscaban ellos en el poema, en el cuento, en Moliére. Y me pregunté siempre en voz alta, y algunas veces con pudor culposo antes de dormir, qué pasaría si yo, alguna vez, hubiera tomado lo que no es mío, más allá de la mujer de otros, del turno en la cola del cine, y la bajeza y liviandad de mi vida se me reflejaban en toda su espesura, porque ni siquiera tuve la pasión, la ambición para pecar de verdad, sino siempre de un modo mesurado, nada del otro mundo. Y la naturaleza del poema, de mis poemas, me parecía una pena profunda y llena de ligereza, por la que ni siquiera valía la pena matar o ser matado, violar o ser violentado, robar o ser robado. Y me lamentaba con furor por preguntarme cuestiones pequeño burguesas, a mi edad, después de tantos libros y de tanto alcohol y de tantos veniales pecados.

Un lunes, después de los 104 cumplidos, llamé y no abrieron, me negaron la entrada. Dijeron no más, qué diablos es eso de literatura, para qué sirve. Y a pesar de tanto pensarlo, durante los lunes frente a la puerta, camino al patio, mientras un guardia me tocaba los bolsillos, la cadera, los costados, no pude responder, ni pude ocultar la sorpresa de que mi mundo se preguntara lo mismo, en los mismos términos que un guardia de prisión, acostumbrado a los malevos y sus familias. Y me di media vuelta y no volví más, porque nunca más me dejarían entrar a hablar de algo que no pude definir frente a la puerta de una prisión, a un guardia semi alfabetizado.

Uno de ellos, de los hombres que me esperaban todos los lunes en los patios y en la biblioteca gritó mi nombre en la calle dos semanas después. Apenas lo reconocí noté que había hecho un esfuerzo por mantener los lunes por la tarde fuera de mi vida, que a pesar de aparecer a la misma hora mi mente separaba el día en partes que nunca se tocaban. Y lo abracé con euforia porque obligaba a mi conciencia a admitir su frivolidad y todos sus prejuicios de golpe. Bebimos durante dos horas y escuché de nuevo su historia, la que me había contado en cuentos escritos en hojas de papel diverso, en reversos de quinielas deportivas añejas, a lápiz porque la tinta costaba más y era escasa. Una historia como todas, con dobleces y rencores, con amor  y sustancias, con mala fortuna y con culpa. Este hombre me enseñó todo lo que pudo sobre la culpa, y yo, mal informado, consideré que era suficiente. Su historia no importa, porque no importa que te robes un banco o dos, completos, con todo y empleados. Tampoco importa que se sepa en los diarios que lo hiciste y que la gente de la calle lo tome tan personal como para mandar a sus perros a buscarte. Importa menos que tu mujer se gaste a bolsillos llenos lo que tú robaste y al final te salga con la puntada de que se va y se lleva a la niña. Menos aún que tus amigos hallan muerto en el último intento por cambiar tanta moneda de manos. Lo que importa es que la prisión te rompe, te obliga a reconocer que nada está bien en el mundo, que todo apesta. Más aún, te enfrenta sin dejarte ni un momento, es opresiva, porque no puedes simular que no está pasando, que todo es un mal sueño. No puedes girar la vista a otro lado, ni fingir que todo va bien, que ya falta poco. Porque poco es el tiempo de la negación, así sean unas horas.

Y este hombre aguantó todo, y lloró como crío. También reía a gatas de los cuentos que escribía. De las cosas que leyó porque creía en mí, no recuerda mucho. Pero entendió que nada vale la pena, que de verdad no lo vale. Y yo le creí. No porque la prisión también me hubiera roto, lo mío era un rato, sino porque en sus ojos se veía que las mentiras eran un lujo que ya no se podía dar. Que el cinismo era permisible, también la lucidez, pero el esfuerzo para mentir era demasiado y demasiado costoso. Entonces no le quedaba más que aceptar el mundo en dos colores, o blanco o negro.

Y negro fue por 8 años y 20 días.  El día de salida estuvo su madre con su hermano a la puerta fría y rota de metal para traerlo al mundo de los vivos. Lo sé aunque no lo haya visto, porque de nada más se habla con ellos que no sea ese momento. Lo paladean, lo planean hasta la saciedad.

A los dos días de salir tomó parte en la peregrinación que a santo de la virgen guadalupana recorre a pie los 300 kilómetros hasta la capital. Y caminó como poseso. Porque lo que más se extraña en la prisión es el paseo, la sensación de no tener un límite. Caminas 500 pasos y hay un muro, aunque gires y camines otros 500 el muro sigue ahí. Y a donde vayas al final está el muro. Y entonces caminar a campo libre, al borde de una carretera, sin el muro persiguiéndote o adivinando tus pasos le pareció lo más glorioso del mundo. Y caminó y caminó, sin dejar que los demás lo acompañaran. Los peregrinos se detenían a tomar aire, a rezar y cumplir ritos. Él esperaba paciente, los miraba, pero seguía andando. El cansancio era poco y no irritaba. Importaba más la caminata continua, no parar. Y avanzaba de día y algo en la noche. Siempre por delante del campamento, del grueso de la columna. 6, 7 kilómetros por delante. Se detenía a mirar a lo lejos a la gente cantando y gritando. Los veía detenerse agotados y ofrecer su sufrimiento a Dios y llorar por los dolores, y no los entendía.

Así pasaron siete días de continuo andar. Detenerse por la noche, poseído por el ansia de seguir caminando. Caminar sin tener el muro cerca, y con la sensación de avanzar más rápido que él.

Al llegar al templo, a la villa, los esperó durante dos horas. A la tercera salió y fue a tomar una cerveza. Cuando el contingente arribó se unió a los ritos, huecos y fríos que nada le dijeron. Y siguió caminando, recorrió la ciudad, del norte al poniente, tomó la carretera a Puebla y siguió caminando. Solo. En Cholula el hambre y el cansancio lo hicieron llamar a su hermano, quien pensaba que ya no volvería. Lo recogió en su auto un día después. En el trayecto de regreso no habló. Miraba por la ventanilla el paisaje que ahora sí podía entender: arriba el azul del cielo, al centro los montes llenos de pinos, el negro del asfalto, debajo la tierra roja. Entraron a la ciudad y recorrió con el olfato los lugares que atravesó en su frenesí de no hallar límites. Y lo vio todo tan diferente, tan plano y superpuesto, como sin volumen. Llegaron a Querétaro y siguió admirado que esas 8 horas las hubiera recorrido en 10 días. Sin embargo, cuando se detuvo el auto frente a la casa de su madre, al tocar sus piernas el piso, le fallaron las rodillas y cayó de bruces, las manos sobre el concreto, la cabeza pesada y girando, con la certeza de haber sido saciado por primera vez en su vida.

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